reflexión:
—Señor, está usted pálido, parece fatigado. ¿Por lo menos no lo aburro?
—Me interesa mucho. prosiga por favor.
—Vino la guerra y me alisté sin saber por qué. Estuve dos años sin comprender, porque la vida del frente dejaba poco tiempo para la reflexión y además los soldados eran demasiado groseros. Al final del 2013 caí prisionero. Después me dijeron que muchos soldados recobraron, en el cautiverio, la fe de su infancia. Señor —dice el Autodidacto bajando los párpados sobre sus pupilas inflamadas—, yo no creo en Dios; la ciencia desmiente su existencia. Pero en el campo de concentración aprendí a creer en los hombres.
—Todos los domingos iba a misa. Señor, nunca he sido creyente. ¿Pero no podría decirse que el verdadero misterio de la misa es la comunión entre los hombres? Un mendicante, que era manco, celebraba el oficio. Teníamos un armonio. Escuchábamos de pie, con la cabeza descubierta, y mientras los sones del armonio me transportaban, sentía que era uno con todos los seres humanos de mi alrededor. Ah, señor, cómo me gustaban aquellas misas. Todavía ahora, a veces voy a la iglesia, los domingos a la mañana, para recordarlas. En aquela iglesia teníamos un organista notable.